17 septiembre 2008

Kiss

No recuerdo mi primer beso, supongo que desde que tengo memoria que fui un poco besucón. Ya desde mi niñez que andaba con la tonterita del papa y la mama. En el jardin infantil me gustaba Nicol, una niña de rulos amarillos, que brillaban con el sol, tanto como una ampolleta de 45, la engañe, le tendí una trampa vil, pero acertada y le robé un beso, tras las cortinas de la sala, oliendo a plastilina y acuarelas.

Después de eso recuerdo mi primer beso en la pubertad, como a los 12 años, con mi cara regordeta y unas gafas de looser, pero siempre un ganador. Esta vez no recurrí al engaño. No fue necesario llegar al truco del "sabias que soy un kennedy..." ni el de "te tengo que dar un beso porque es una penitecia..." Pasó a la salida del colegio, con una compañera de dudosa reputación, ya a sus cortos 12 primaveras, pero no era fea.

Después de aquello comenzó una seguidilla de besos innumerables, pero logro rescatar mi primer beso como novio, en una fiesta en la montaña, mi primer beso de amor, mi primer beso infiel, mi primer beso en el extranjero, mi primer beso bajo el agua, no recuerdo mi primer beso borracho, mi primer beso a mi actual novia, mi primer beso en un mcdonals, mi primer beso en el cine, mi primer beso asqueado, mi primer beso en una disco...

Todos tenian algo en común: los ojos bien cerrados y unas cosquillas extrañas, que dan vuelta por el estomago y los labios, acompañadas de una repentina fiebre en la boca, con un poco de saliva espesa y todo calentito. La respiración más intensa, un par de suspiros, las manos sugetando la cara y la alegria de dar el primer beso.

Pero me cuestiono ahora cuál fue el más importante o el que más me marcó y ante semejante glosario de besos, entre dos labios bien cerrados logro ver la luz, un destello cerca de la comisura izquierda de la boca, con los labios bien brillantes y carnosos: No hay ni un solo primer beso más importante que el último que di, porque puede ser el último que de y que me den, o desde otra óptica, es el primer beso del resto de los besos

14 julio 2008

El último día de mi vida

Ya han pasado más de 20 años desde que nos conocimos y, déjame decirte, siento que han sido muchos menos. Siempre he sido un poco recatado a la hora de hablar de nuestra relación, y no es que no me atreva ni mucho menos, es sólo que, bueno, tú sabes, cuesta un poco… Pero hay momentos en que me he arrepentido de no ser un poco más oportuno, y creo que ya es hora de dejar algunas cosas en claro.

Quiero comenzar mencionando que estoy orgulloso de ti, de mí, no sé, esto de escribirme confunde un poco. Nunca lo dije porque tenía miedo de dejar de ser humilde, bueno, creo que ya no lo soy, he aprendido a no serlo, pero ese no es el punto. Me has llevado lejos, nos hemos caído y luego parado, y vuelta al suelo; no te rindes, a pesar de lo patético que has llegado a ser.
Recuerdo cuando quisiste ser escritor, no te rendiste, a pesar de lo malo que eras… por suerte dejaste esos caminos, antes de concretar la loca idea de escribir un libro. El caso es que hiciste lo que pudiste y eso lo valoro, como cuando escribiste ese poema ¿cómo era que decía? “me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Nunca me convenciste de que fuese realmente tuyo, no sé, intuición, era muy bueno para ser verdad.

Para que mencionar la vez que quisiste ser político y trataste de cautivar al grupo de vecinos con arengas que proclamaban la independencia, que por cierto, llevó a la ruina al barrio y terminamos por volver a la antigua subvención municipal. El caso es que lo hiciste, contra todo pronóstico y te ganaste una placa rememorativa, que hoy sirve como bebedero de palomas.
Lo que si se te daba bien era la música, no te destacabas, pero eso de ser del montón se te daba bien. Con una canción la conquistaste a Ella, al menos eso creemos ¿cómo se llamaba? “Vivir así, morir de amor” parece; era linda, admito que te quedó interesante para ser tu primera obra.
Ahora que lo menciono, me tengo que quitar el sombrero; Ella, sin duda, fue lo mejor que te/me ha pasado en la vida y eso te lo debo a ti. Me diste el primer beso honesto, sin más propósito que el de besar. Me hiciste el amor, me diste vida y todas esas grandes cosas que ganas cuando tienes tu primera novia, en este caso, también la última.

Recuerdo cuando salías con Ella de fiesta, se emborrachaban y llegaban a casa de sus padres, a comer bocatas a las 5 de la mañana. Fue ahí cuando lo pensaste, cuando morías de la risa con su ataque de hipo, que querías que ella fuese tu mujer. Se lo dijiste y ella te llamó borracho… y lo estabas, pero dicen que siempre hablamos con la verdad, cuando nos pasamos de copas.
Pasaste semanas planificando cómo decírselo. Proponer matrimonio no era nada fácil y tienes que reconocerlo, siempre fuiste un romántico disfrazado de persona. Tenía que ser especial, ¡no! Tenía que ser perfecto. Viste docenas de películas de amor, incluso te leíste un libro, “Francisca yo te amo”, pero siempre terminabas en nada. Todo ya se había hecho, ahora la originalidad se había transformado en obsesión, y no dormías pensando en cómo hacerlo.

Se te notaba en la cara, la mezcla de desesperación y entusiasmo te carcomía por dentro. Al final, terminaste por vomitarlo todo, creo que le gritaste después de dejarla en casa, pero no te escuchó, al menos no ella, porque su papá sí. Bueno eso lo supiste después. L e mandaste un mensaje de texto, le pediste que bajara, prendiste fuego a un montón de hojas secas en medio de la calle, sacaste el móvil y pusiste “I miss you” de Incubus, la versión acústica por supuesto. Ella no sabía, pero lo intuía, sus ojos la delataron, los mismos que te acusaron a ti… no puedes llorar pensaste.

Salió de casa con la cara un poco pálida ¿te acuerdas? Ya se había quitado el maquillaje, dijo que estaba fea (grave error, Ella nunca lo estaba); preguntó por el fuego y escuchó la canción; entendió que se trataba de algo serio y no era una más de tus locuras… Y ahí parados en medio de la calle me regalaste el mejor momento de mi vida, acompañado del mejor de los besos y la más dulce de las lágrimas.

En ese momento, ahora que lo recuerdo, fue cuando más orgulloso me sentí de ti. La madurez y sensibilidad con la que determinaste ser esposo, a pesar de lo joven que eras. Ya tenías un futuro resuelto, sin dinero y con muchas proyecciones, así se hace, acompañado del amor de tu vida, pensaste, llegarías lejos.

Y así pasaron los siguientes meses de tu vida, con los ojos llenos de amor, bordeando la locura, planificando los próximos mil años de relación con Ella y la boda. Todo pasó muy rápido, tanto que me asombra. Un día estabas de fiesta por ahí comiendo un bocadillo y al otro estás sentado aquí conmigo, escribiendo una carta para ti, el día en que te casas.

Ya me puse el traje, me queda bien esta camisa, tenías razón, siempre la tuviste, eso envidio de ti, la certeza. En 20 minutos más pasan por mí rumbo a la iglesia y aún no puedo creer en lo que me has metido, es una mezcla de asombro y felicidad. Ahora bien, tengo las cosas mucho más claras y espero que tu también, pero todavía no te digo el motivo de esta carta.

Me atreví a decirte lo mucho que te amo y lo orgulloso que estoy de mi, el mismo día en que me despido de ti, porque en 20 minutos más ya no existirás, dejaré de ser simplemente yo y pasaré a ser parte de un nosotros, con la mujer que tú elegiste y que hoy yo tengo, gracias por eso, mil gracias.Sinceramente espero no verte más, nunca más, y no lo digo con odio, ni resentimiento; me diste los mejores años de mi vida y eso nunca lo olvidaré. Pero tú decidiste tomar un camino que hoy yo debo recorrer, así que no me queda más que decir hasta nunca y espero que te vaya bien, y recuerda que te amo ¿vale?

11 septiembre 2007

Mi momento

Hay un momento en la vida de un hombre en que tiene que mirar hacia atrás y asumir sus errores y permitirse un autoperdon, arrepentirse de algunas o muchas cosas, o corroborar los aciertos. Hacerse un juicio sería una buena terapia para no segir cometiendo desaciertos y purificar lo que te va quedando de vida...

Pero ese momento aun no me ha llegado. Por supesto que no, claro que no, porque ese pequeño momento al que todos podemos acceder de alguna manera, en que eres suficientemente adulto para ser independiente, pero tan independiente como para no afectar a nadie es lo que yo estoy viviendo.

Con una maleta no llena de sueños, no llena de proyectos, sino que de ropa, porque eso es lo que me abrigará cuando llueva en Coruña, cuendo neva en EEUU o granice en Alemania. Con los bolsillos con un poco de dinero y no con amor (porque no lo tengo y porque ademas no me sirve mucho por estos dias). Con una buena afeitada y un corte de pelo, porque el look casual de patiperro no me encontrará un trabajo mañana y con muy poca ilusión de seguir creciendo espiritualmente, porque ya Chile ha hecho bastante.

Viajo sin fotografías autografiadas de amigos, porque no las hicieron y ademas se pierden; una que otra de mi familia, para poder reconocerlos cuando vuelva a a mis tierras. Con pocos recuerdos que me vayan a servir en mi estadía, que me sensibilicen y me conviertan en alguien un poco más débil.

Viajo sin bolso de mano porque las necesito para llevar mi bajo y secarme el sudor. Y sin boletos de avion, tren o bus, porque no me atrevo a reservar. Tampoco tengo la valentia para optar por uno u otro camino; seguir uno de los miles de consejos recibidos ad portas de mi salida, por muchos bienintencionados, pero inexpertos al mismo tiempo.

Y así es como viajo en este momento, en que no necesito mirar atrás, quizás solo para ver si mis maletas vienen conmigo, ni tampoco mirar muy adelante, porque el ala del avión no me deja. No necesito arrepentirme , solo actuar y vivir, para poder volver a mi país y ser reconocido por quienes mejor me conocen y un completo extraño para los que si me conocen.

10 abril 2007



El último poema




Cuando pensó que ya nada podría ser peor, la rutina le dio una nueva sorpresa. En la mañana, después del desayuno sonó el teléfono: seguido del "aló", la mala noticia iba cautivando su atención, al punto de hacerlo llorar.


-Mira, no sé cómo pasó... a las 11 salió el doctor y nos dijo que había fallecido; no fue muy claro, no caché muy bien todo... parece que fueron unos mariscos que comió pa' semana santa.


-Ok, gracias por avisar, ¿Dónde es el velorio?


-No hay, solo la seremonia de cremación, tu sabís que la Mona nunca quizo que le hicieramos esas cosas.


-Te estoy llamándo para saber cuando será.




Dejó el teléfono, apretó los dientes, cerró los ojos y lloró. Como cuando era niño, con suspiros, espasmos y todo, desconsolado como él solo, estaba solo y se quedó solo. Mona era su único plan en la vida, a pesar que habían terminado, él siempre creyó en eso de "darnos un tiempo" como darse, efectivamente, un tiempo, volver, estar nuevamente juntos.




Pero se fue, murió. Y es que simpre uno vive estas cosas, la despedida de alguien que quieres, pero nunca te acostumbras. El desconsuelo no se alivia citando al tiempo, nada sirve y todas las palabras sobran.
-Alguna vez lo imaginé, de esos juegos macabros que a veces pienso... ¿Qué pasaría si te mueres? y pasó, te fuiste y ahora te tengo que llorar. El problema es que no tengo con quién enojarme, a quién culpar, a quién gritarle... no tengo a nadie, porque te fuiste, pero ahora sin pasajes de vuelta. Supongo que tenías tus razones, pero de verdad, no me interesan. Ahora me preocupa que voy a hacer de mi vida, sin la única cosa que le daba sentido. No te imaginay lo triste que hoy estoy y que estaré por mucho tiempo, pero no tanto por haberte perdido, sino por ver mi vida ahora que queda sola y sin rumbo. Nadie sabe cuantas ganas tengo de escribirte un último poema, medio cursi, medio en serio... Nadie sabe cuantas ganas tengo de besarte después de decírtelo. Ahora estoy aquí mirándote, media pálida, media muerta... ¡estás muerta!

Ahora yo también, te amo, adios.





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